Modernidad líquida

Hace unos días, en clase, nuestro profesor nos habló sobre el concepto de modernidad líquida de Zygmunt Bauman. Según Bauman, estamos atravesando actualmente una época de la historia en la que las realidades sólidas que existían en la época de nuestros abuelos han desaparecido. Es evidente que, si llevamos nuestra mirada al pasado, las nociones de amor, de sociedad y de modernidad que tenían nuestros abuelos han desaparecido por completo en el presente. Dice nuestro profesor que es como la gelatina: para que la gelatina cuaje debemos esperar cierto tiempo y dejarla reposar, pero hoy en día no dejamos el tiempo suficiente para que pueda cuajar. Por ello, vivimos un momento de incertidumbre en el que no sabemos con seguridad qué pasará en los próximos años.

Si reflexionamos sobre la historia del arte, por ejemplo, observamos que hay períodos o movimientos artísticos marcados: el Gótico, el Renacimiento, el Barroco, el Romanticismo, el Impresionismo, el vanguardismo… También hay momentos históricos muy definidos como la Edad de Piedra, la Edad de los Metales, la invención de la escritura, la caída del Imperio romano, el descubrimiento de América, la Revolución francesa… Sin embargo, si pensásemos en nuestra época actual, ¿cómo podríamos definirla? Sin duda, resulta una tarea compleja porque vivimos en un instante confuso en el que los trazos antes bien marcados se han convertido en borrones desdibujados y abstractos.

Es indudable que, en este cambio social, las tecnologías han sido fundamentales. Internet y la tecnología han cambiado radicalmente la sociedad, la forma de comunicarnos y de informarnos. Atrás quedan esos tiempos en los que las personas, para estar al día de las noticias, leían el periódico. En la actualidad, muchos ni siquiera tocan un periódico: basta con conectarse a Internet y leer las distintas páginas web, o ver vídeos en los que se resume la actualidad. Antiguamente las cartas tardaban semanas en llegar; hoy, con un Whatsapp, podemos responder instantáneamente a alguien que vive en el otro polo del mundo. Y, si no nos contestan en dos días, nos volvemos paranoicos pensando que nuestro amigo ha sido secuestrado o que algo muy grave ha debido pasarle. Y es que, hoy en día, parece que no estar en la red es sinónimo de no existir. Si no estás en ninguna red, estás muerto. El propio sistema nos empuja a estar disponibles para poder ser conectados en Whatsapp, Facebook o Instagram y no perdernos los planes o las novedades.

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«La mejor red social es una mesa rodeada de tu gente de toda la vida.»

Donde mejor podemos darnos cuenta de esta modernidad líquida es en nuestro ritmo de vida. Haciendo un símil con los versos de Quevedo, esos de «Érase un hombre a una nariz pegado», yo diría que somos mujeres y hombres a la prisa pegados. Somos un desenfreno con patas, un frenesí andante. Corremos por la vida pasados de revoluciones, sin soltar nunca el pie del pedal del acelerador, sin darnos cuenta de lo mucho que mejoraría nuestra existencia si nos atreviéramos a frenar. Ya casi nadie dedica tiempo a sí mismo, a agarrar un libro y ponerse a leer tranquilamente en la playa o a irse a caminar a la montaña sin saber a qué hora regresará. Ya apenas tenemos tiempo para pasar tardes enteras en una terraza hablando con nuestros amigos. Tenemos café para llevar porque sentarse a tomárselo es demasiada pérdida de tiempo, platos preparados porque cocinar no cabe en nuestros planes, restaurantes de comida rápida donde podemos llevarnos la cena a nuestra casa sin salir del coche, un séquito de repartidores a domicilio que patrullan la ciudad en bici para satisfacer nuestros deseos instantáneos… En resumen, la prisa como estilo de vida.

Casi nadie escucha ya los audios de Whatsapp que duran más de un minuto, ni leemos los mensajes de más de cinco líneas, ni los artículos que tienen muchas páginas. Aumentamos la velocidad de los podcasts que escuchamos con la idea de ser más productivos, adelantamos los vídeos de YouTube porque son demasiado largos… Creemos que no tenemos tiempo para leer un buen libro, ni tomar una copa con los amigos, ni llamar a nuestros familiares o ir a visitarlos, ni salir a pasear… Pero luego pasamos horas y horas viendo series en Netflix, jugando al Fortnite, revisando nuestras redes sociales… Quizás sea cuestión de prioridades.

Lo mismo sucede con el amor. El amor, según Bauman, también es líquido. Y es que parece que nos da miedo enamorarnos, pasar tanto tiempo con una persona como para descubrir que son esos ojos los que querríamos ver abrirse al mundo cada mañana. Así que en las relaciones también vamos buscando comida rápida en lugar de amores a fuego lento. Pieles en las que quemarse en lugar de almas que nos den calor. Qué más da que la otra persona te escuche o no, si está de buen ver. Qué más dan las historias que te cuente antes de quedarse dormida, si vas a salir huyendo de su cama antes de que despierte.

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Resulta sorprendente, hoy en día, encontrar parejas que lleven más de cinco años juntos y felices. Cuando empezamos a salir con alguien, firmamos un contrato invisible en el que está escrito: «Esta relación se autodestruirá en X años». Y resulta que, cuando despejamos la X, no suele ser mucho tiempo. Relaciones con fecha de caducidad, besos con obsolescencia programada. Antes, en cambio, el amor no era tan efímero. Parece que nuestros abuelos vivían el amor de un modo muy distinto, más lentamente. También es obvio que era otra época y otra mentalidad, que seguramente muchas parejas permanecieran juntas por el qué dirán, por comodidad, por convención social, por ser políticamente correctos. Pero, no sé, cada vez veo más personas que van por el mundo con el corazón amurallado, sin haberse enamorado jamás de verdad.

La sociedad líquida, por lo tanto, se basa en el hecho de que los ciudadanos viven vidas inciertas: no sabemos si en un año trabajaremos en el mismo lugar, ni si tendremos la misma pareja, ni si viviremos en la misma ciudad o nos habremos marchado a otro país que nos ofrezca mejores oportunidades. El poder también ha cambiado: los partidos políticos y los presidentes ya no son tan poderosos, pues han surgido nuevas esferas como las empresas multinacionales (Facebook, Amazon, Google, Apple…) que controlan muchos ámbitos de la sociedad y que cada vez emplean técnicas más desarrolladas para conocer al individuo y poder influir en sus decisiones. Pensamos que somos libres de elegir, pero lo que elegimos siempre está condicionado por factores externos.

No sé cómo seguirá evolucionando el mundo actual ni qué nuevos rumbos seguirá la sociedad, pero lo que está claro es que esta época nunca ha sido tan cambiante.

¿Hasta dónde llegaremos?

 


Miss Poessía

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Escrito por

Julia. Canarias, 22 febreros. Graduada en Estudios Francófonos Aplicados. Soy una mortal más que intenta descifrarse a través de las palabras y que escribe para saber lo que siente.

7 comentarios sobre “Modernidad líquida

  1. Gran reflexión de Bauman muy bien explicada por ti. Se me ocurren otros ejemplos que añadir a la lista: recuerdo que de pequeña, si quería ver dibujos animados, tenía que esperar a que los echaran en alguno de los 2 únicos canales que existían. Hoy, con youtube y la TV por cable, los niños no esperan… Su serie favorita siempre está disponible aquí y ahora. Lo mismo con la música que escuchaba de adolescente: ponía la radio y esperaba con el dedo apoyado en el botón Rec esperando a grabar mi canción favorita cuando la emitieran por la radio en unas cintas de cassette de terrible calidad. Nadie espera en la sociedad actual y la paciencia se ha perdido como virtud. Un abrazo, Miss Poesía

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  2. Muchas gracias por tu comentario, Mayte! Me parecen muy buenos los ejemplos que has dado, es verdad que ahora tenemos una oferta excesiva de programas televisivos y de música que a veces puede llegar a sobrepasar. Totalmente de acuerdo contigo, la paciencia se ha perdido y cada vez menos personas tienen esa virtud. Te agradezco mucho que compartas tu reflexión y me alegra que te hayan gustado mis palabras.
    Un abrazo, que seas muy feliz. ♡🌷

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  3. Estoy de acuerdo contigo, el tiempo se ha convertido en una especie de lujo escaso. Por eso precisamente agradezco que me hayas dedicado tu valioso tiempo y que me dejes este bonito comentario.
    Un abrazo y feliz fin de domingo! ♡🌷

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  4. ¡Cuánta verdad has dicho Miss Poessía! hoy todo ha cambiado…y te lo puedo decir yo con mayor razón, ya que vengo de la época en que las cartas tardaban dos semanas en llegar, y que el corazón nos latía fuerte cada vez que tocaba a la puerta el cartero…..pero a pesar de todo, ya me acostumbré al whatsapp y al facebook, y pienso que la vida ya no sería vida si nos faltara esa forma rápida y fácil de comunicarnos, y es que los seres humanos nos vamos adaptando a los cambios. Te cuento que yo soy nueva aquí, apenas mi blog tiene tres días…pero ya le hice muchos aportes, copiando y pegando de un blog que tengo anterior….así que quisiera invitarte a leerme cuando tengas un tiempo. Te dejo mi enlace por si te animas. https://wordpress.com/view/siembradeamorblog.wordpress.com

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  5. ¡Muchísimas gracias por este bonito comentario, Ingrid!❤🌷 No sabes la alegría que me dio leer tu comentario, has logrado sacarme una sonrisa y darme la motivación que necesitaba para seguir escribiendo. Siento responderte tan tarde, he estado liada con mi TFG y no había podido entrar al blog desde hace tiempo… Por supuesto que me paso por tu blog, seguro que es increíble, muchas gracias por compartirlo. Te doy la bienvenida a mi humilde morada, espero que te sientas muy cómoda por aquí.
    ¡Un abrazo!

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