Un nuevo libro

Hoy hace cuatro meses de aquel primer beso que nos dimos en la playa. Aquel beso tímido con sabor a 1906, tumbados en la arena de una playa casi vacía. Cuatro meses puede parecer mucho tiempo: 17 semanas, 123 días, 2952 horas. Sin embargo, yo aún me siento como esa chica con un amasijo de vértigo y ganas en el estómago que besó a ese chico que devolvió el aire marino a mis pulmones cuando más lo necesitaba.

Nosotros éramos amigos. Amigos de esos que se conocen por casualidad y sienten desde el principio la misma energía. Pasaron los meses y esa energía se transformó en algo distinto a lo que ninguno de los dos sabía ponerle nombre. Lo único que yo tenía claro es que había ciertas cosas que los amigos no hacen. Los amigos no se besan con los ojos, ni se lanzan miradas lanzallamas de largo alcance en las fiestas. No bailan cuerpo a cuerpo con la excusa del alcohol, ni se agarran de la cintura. Los amigos no caminan abrazados con la excusa del frío por las calles vacías de una ciudad, de madrugada. Un amigo no duerme contigo en la misma cama, agarrado a tu mano.

Yo decía que era su amiga, pero el día en que me sujetó y cuidó mis pasos tambaleantes sentí crujir bajo el pecho mi coraza. Decía que era su amiga, pero cuando me llevó a casa tuve ganas de besarle. Y me encantó dormir con él sin que intentara que pasase algo más. Y desayunar con él y pasar juntos mi última mañana en la isla, antes de que mi padre me llevara al aeropuerto. Decía que era su amiga, pero nuestro abrazo de despedida antes de irme a Madrid me dolió más que un balazo inesperado. Porque yo, que decía ser su amiga, puse mi corazón a tiro y no me di cuenta de las consecuencias hasta que me subí a aquel avión.

Sin embargo, regresé.

La vida hizo que cogiera otro avión y volviese a la isla el 11 de octubre. El 13 de octubre, tras un paseo por la isla, nuestros labios dieron ese beso que nuestros ojos habían iniciado.

Y ahora, cuatro meses después, pienso en nuestra historia y veo que todo mereció la pena: mis dudas, mi miedo, el máster que no pudo ser, el regreso. Creo que, tras tantos amores de fogueo, él es el incendio. Y, tras tantos ilusionistas, él llega sin trucos y me hace creer de nuevo en la magia. La magia, al fin y al cabo, no tiene que ver con Hogwarts ni con hechizos de Harry Potter: lo mágico es que alguien pueda moverte tantas cosas piel adentro sin rozarte.

Por eso, este 13 de febrero ha estado lleno de momentos mágicos: darnos el primer baño del año, beber cerveza de cereza sobre la arena, darnos besos de salitre, ponernos tontos en el coche porque ni yo llevaba sujetador ni él calzoncillos, comer en un italiano, ver el atardecer…

Momentos de verdad, que hacen que quiera seguir escribiendo páginas en nuestra historia. Él no es un punto y aparte, es un nuevo libro lleno de páginas en blanco. Ya no me da miedo asomarme a ese abismo. Porque, como escribió Raúl Parra: «Llegados a este punto, contigo solo quiero comas».


Escrito por

Julia. Canarias, 25 febreros. Graduada en Estudios Francófonos Aplicados. Soy una mortal más que intenta descifrarse a través de las palabras y que escribe para saber lo que siente.

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