Dejar que me pasen cosas

Ya han pasado nueve días de 2022. Hemos dejado atrás las Navidades. Tengo la sensación de que una nueva etapa comienza. La sensación de que la vida me da una tregua. 

Recientemente he terminado de leer, precisamente, La tregua: una novela de Benedetti que relata la historia de Martín Santomé, un viudo de vida gris y rutinaria que tiene una relación complicada con sus hijos. La vida de Martín cambia al comenzar una inesperada relación amorosa que se convierte en la tregua que necesitaba, en un descanso de tanta nostalgia, soledad y apatía. 

Si siento que la vida me ha dado a  mí también una tregua no es solamente porque, como le ocurre al protagonista, el amor ha inundado mi rutina haciendo que parezca de todo menos algo rutinario. No, no es solamente por eso. Es porque, por primera vez, desde hace bastante tiempo, he pasado por un diciembre sin grietas. 

Y es que nunca me han gustado demasiado las Navidades. No es que sea el Grinch, pero no me gustan mucho. No me gusta que cada vez haya más sillas vacías en las cenas de Navidad, que la nostalgia se siente a comer con tantas personas pensando en los que ya no están. No me gusta el regalo obligado, la mano que te saluda ahora y el resto del año te apuñala por la espalda. Odio la hipocresía. La gente falsa que solamente se preocupa por los demás en fechas señaladas: esa que, tras once meses sin dar señales de vida, te envía un mensaje el 25 de diciembre. Odio ver a esta sociedad consumida por el consumismo comprando cosas que no necesitan, haciendo regalos sin regalar nunca su tiempo al otro. Odio que sea 6 de enero y mi abuelo ya no celebre su cumpleaños con nosotras. La falsedad, las reuniones por compromiso, los típicos cuñados que sueltan cada año, invariablemente, frases como «Ni machismo ni feminismo, igualdad», «¿Todavía no tienes novio/a?», «En mis tiempos sí que sabíamos divertirnos», «Qué bien viven los funcionarios», «Es que los inmigrantes nos quitan el trabajo», «La violencia de género no existe», «con Franco se vivía mejor»…

Odio todo eso, sí, pero este año he puesto el foco en el amor. En la parte dulce y mágica de la Navidad. De ahí la tregua. De ahí la paz que he sentido.

Al fin y al cabo, es cierto eso de que la belleza está en los ojos del que mira. Hay belleza en el brillo de los ojos de los niños en la cabalgata de Reyes. En la ilusión de abrir los regalos y saber que los mejores son esos que no se pueden abrir. En la ciudad fría e iluminada. Las tardes en cafeterías con los amigos. Ver nevar. Oír llover tras el cristal. El olor a tierra mojada. Los amigos invisibles con gente a la que queremos. Los abrazos de nuestra familia. Ir a comer chocolate con churros. El aroma a castañas. Volver a casa. Los reencuentros. Combatir el frío invernal ardiendo baja las sábanas. Los amaneceres lentos. Ver atardecer desde una playa casi vacía. El aire con aroma a salitre entrando en los pulmones. Las risas. Los besos. El roscón de Reyes. Regalar algo que sabes que va a gustar. Sentir que la mejor lotería es que nos toque poder seguir creciendo junto a nuestros seres queridos. 

Puede decirse que han sido unas Navidades bonitas. Y, ahora que todo ha pasado, voy a dejar que las cosas pasen. Estar abierta a lo que pueda ocurrir.

La vida es, creo, seguir un poco esa filosofía de Kerouac: «Dejar que te pasen cosas».


Escrito por

Julia. Canarias, 24 febreros. Graduada en Estudios Francófonos Aplicados. Soy una mortal más que intenta descifrarse a través de las palabras y que escribe para saber lo que siente.

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