Persiguiendo el latido

Este domingo me invade la paz. La paz de sentirme libre, de estar rodeada de personas que me abrazan y se vuelven cielo para mi alma voladora. Hace algunas semanas, un amigo me escribió: «Teaching you how to live would be like lecturing birds on how to fly». Me dijo que, a pesar de nuestra diferencia de edad, él no podía enseñarme demasiado sobre la vida porque yo ya la estoy viviendo. Para conducir por los caminos de la vida solo te piden el carné práctico; la teoría sobra.

Así que aquí estoy de nuevo en la isla, más de dos semanas después de mi regreso a Madrid. Aquí estoy, tratando de vivir la vida. La vida que yo he elegido. Cuando aprendemos a ir en bici, corremos el riesgo de partirnos los piños en el intento. Cuando aprendemos a nadar, corremos el riesgo de ahogarnos. Sin embargo, la única manera de aprender a montar en bici es pedaleando y el único modo de aprender a nadar es nadando. La caída y el ahogamiento son riesgos que hay que asumir. Igualmente, a vivir se aprende viviendo. Estoy dispuesta a asumir los riesgos que surjan por el camino: es el precio a pagar por sentirme viva.

Pensaba que regresar de la capital era el camino equivocado, pero este camino equivocado me ha llevado al lugar adecuado. Un lugar en medio del Atlántico en el que me siento viva.

Me siento viva porque estoy volviendo a hacer las cosas que tanto necesito: ver atardecer desde la playa, ir a cenar con mis amigos, dar sorbitos de cerveza en buena compañía, estar con mis seres queridos, enamorarme. Me había olvidado de que, cuando dejo de hacer lo que me gusta, dejo de ser quien soy. Y, como ya escribió E.E. Cummings: «Se necesita coraje para crecer y llegar a ser quien realmente eres». El animalillo miedoso que guardo dentro se está transformando en una bestia salvaje, despierta. Y eso me gusta: sentirme bien en mi cuerpo, perseguir el latido.

Me gusta sentir mis fosas nasales repletas de brisa marina. Mi pelo húmedo de salitre. Mis mejillas cansadas de reír. Mis labios besando los tuyos salados. Mis dedos inquietos satisfechos tras el viaje por tu piel. Mi cabeza tranquila sobre tus pectorales. La calidez del hueco de tu clavícula. El picor de tu barba cuando buscas mi cuello. El calor de nuestros abrazos. El fuego de después.

Me siento en paz porque me reconozco en este cuerpo que despierta, en este pecho que me arde. Mi amigo tiene razón: no se puede enseñar a nadie a vivir. No tiene sentido dar a los pájaros lecciones de vuelo.

Qué suerte tengo de estar rodeada de gaviotas, de tener alas y nuevos cielos…

Qué ganas de volar.


Escrito por

Julia. Canarias, 24 febreros. Graduada en Estudios Francófonos Aplicados. Soy una mortal más que intenta descifrarse a través de las palabras y que escribe para saber lo que siente.

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