El chico que llenó Madrid de gaviotas

Tú venías de Noruega porque necesitabas dejar una etapa atrás. Yo venía de Canarias porque necesitaba mirar hacia adelante. Y así, a medio camino entre tus ganas de olvidar lo que fue y mi deseo de recordar lo que podría ser, nos encontramos. Esta es la historia de un noruego y una canaria que se encuentran en Madrid.

Nos encontramos un sábado en la plaza de Lavapiés. Para ser sinceros, nos conocimos de una manera un tanto cutre y de lo menos romántica: yo estaba vendiendo mi bicicleta y tú querías comprarla. No, esta no es una de esas historias de flechazo o de dos personas unidas por el destino. Admitámoslo, chaval, no seríamos los protagonistas de una de esas películas cursis americanas de domingo. Pero sí que lo fuimos de un sábado madrileño. Y oye, alabado sea Wallapop.

Llegaste caminando con garbo, con una camisa azul que iba a juego con tus ojos. Ese es el primer recuerdo que tengo de ti: tus ojos. Bajo el cálido sol de octubre, clavaste en mi pupila tu pupila azul y te juro, chico, que por un momento trajiste el mar a Madrid. Tu mirada no solo era azul sino también alegre y me hizo pensar en el océano, en gaviotas, en mi hogar. En un campo de lavanda de La Provenza.

Que sí, que puede que me esté flipando y en el fondo solo pensara en lo bueno que estabas. El caso es que no solo compraste la bicicleta, sino que además me invitaste a tomar unas cañas. Entonces me contaste que eras psicólogo, que ibas a empezar unas prácticas en unas semanas, que hacía algún tiempo te habían roto el corazón y que tuviste una novia valenciana. Yo te conté que era estudiante, que había venido a Madrid para hacer un máster y que mis planes se truncaron. Dos cañas después, nos dimos un abrazo y nos prometimos vernos esa noche en Malasaña.

Llegó la noche a Madrid y llegué yo tarde a la parada de metro porque me equivoqué de línea. What a disaster, darling… Pero llegué y ahí estabas esperándome, así que caminamos por Malasaña y terminamos en la Plaza Dos de Mayo tomando de nuevo unas cañas. No sé cuánto tiempo pasó, pero hablamos de la historia de Noruega, de vikingos, del Camino de Santiago, de nuestros viajes, de Madrid, de los planes que murieron por el virus y de los que queríamos que nacieran, de las cosas que nos gustaría hacer antes de los treinta… Hablábamos en inglés y en español, pero sobre todo hablábamos en el lenguaje silencioso de la mirada. Nuestros dedos no se atrevían a moverse, pero nuestros ojos llevaban ya un buen rato bailando un tango.

Sé que es de mala educación no escuchar lo que te están diciendo, pero antes de sentarme en el banquillo de los acusados y condenarme ponte en situación y considera las circunstancias atenuantes: tres cervezas, unos ojos tan profundos que daban vértigo y la mezcla perfecta entre el movimiento de tu nuez al hablar, tus hoyuelos y las arruguitas de tus ojos al reír. Sí, me declaro culpable: tú me hablabas de guerras vikingas y yo solo pensaba en la que quería iniciar más tarde en tu piso de Ópera.

Después, todo pasó muy rápido: un recital de poesía del que nos escapamos rápido, un paseo nocturno por Madrid en el que me sentía como la protagonista de Antes del amanecer, un beso cerca del Ojalá que me sacudió por dentro, una cena en tu piso con vistas al Palacio Real… Y, por último, el incendio. Esa noche fuimos dos amantes con un fuego insaciable y recordé la canción de Pedro Guerra porque lo único que deseaba era que me contaminaras, que te mezclaras conmigo. Y es que ya sabes lo que dice esa otra canción de Radiohead: It’s strange what desire will make foolish people do.

De esa noche recuerdo detalles que me encantaron de ti. Detalles como que, de entre todas las cervezas de la nevera del chino, eligieras una Alhambra. Que, tumbados sobre la cama, te dijese que me gustaba mucho tu piso y tú me respondieses que esperabas que eso no fuese lo único que me había gustado. O que me llamaras guapa con tanto desparpajo.

Al día siguiente recuerdo tu pelo rubio alborotado al despertar, nuestra pereza de domingo a la que siguió el café, el desayuno árabe que me preparaste, los besos, las risas, el paseo por El Rastro, otro café al que te invité en mi piso. La despedida. La promesa de que me avisarías si algún día vas a Tenerife, de que te avisaría si algún día regreso a Madrid.

Ahora que la nuestra es solo una más de esas tantas historias de amor que suceden cada día en la capital, quiero darte las gracias. Gracias, mi vikingo sexy. Mi risueño chico noruego.

Gracias por esta bella despedida de Madrid. Por las risas. Por enseñarme que se puede tener tanta intimidad con alguien recién conocido. Por haberme hecho reír con tus expresiones como majo, guay o chuli.  Gracias por esta noche de octubre que no olvidaré.

Ojalá encuentres en Madrid lo que estás buscando. Yo me conformo con saber que, sin buscarnos, nos encontramos.

Gracias, querido noruego.

Sigue llenando Madrid de gaviotas.


Escrito por

Julia. Canarias, 24 febreros. Graduada en Estudios Francófonos Aplicados. Soy una mortal más que intenta descifrarse a través de las palabras y que escribe para saber lo que siente.

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