El pellizco

«I was willing to be in hell with you»

Han pasado más de dos meses. Dos meses desde que sentí un pellizco de angustia en el pecho. Le di la bienvenida a mi vida, le abrí las puertas de mi casa y se convirtió en mi compañero de piso. Estaba ahí las 24h, como una de esas visitas que se hacen demasiado largas. Se colaba en el agua de la ducha, en el café del desayuno, en los platos sin fregar, en los paseos al atardecer. Se metía en mis sábanas, ocupando el lado derecho de la cama, compañero de insomnios.

El pellizco, el jodido pellizco en el pecho. Si decidí entonces decirte adiós, dar el portazo, fue porque quería independizarme de la angustia, echarla a la calle y pedirle a la calma que se viniera a vivir conmigo, que fuese mi nueva compañera de piso.

Te juro que si me fui no fue porque dejara de querernos, sino porque nos quería tanto que pude ver claramente que jamás seríamos felices así. Así, a tantos aviones y kilómetros de distancia. Así, en distintos países, en distintas camas. Aunque habláramos el mismo idioma, parecía que nuestras almas ya no se entendían. Cuando las palabras fallaron, probamos a hablarnos en lenguaje de signos. Y cada signo, cada señal, me indicó que debía marcharme.

Me fui y te dejé con el dolor. Me dijiste que estabas dispuesto a atravesar el infierno conmigo. Te respondí que el infierno sería quedarse, que no debíamos seguir aferrándonos a paraísos que nunca tuvimos.

¿Realmente estaba segura entonces? ¿De verdad he dejado de caminar por el infierno?

Me convencí de que sí, pero han pasado dos meses y hay días en los que regresa el pellizco. Hoy, por ejemplo. Salí a correr por la playa a esa hora en la que hay un leve destello anaranjado antes del fundido a negro del cielo. Entonces nos vi.

Nos vi en la pareja que estaba tumbada sobre la arena viendo el atardecer, en los novios que se besaban junto al mar y en las bocas que se buscaban en los charcos. Allí estaba yo corriendo en febrero, huyendo de los recuerdos de aquel agosto.

No pude, lo admito. La memoria siempre es más rápida que yo y, por mucha distancia que recorra, siempre me quedará mucho camino por delante para dejar atrás esos 3400 kilómetros que nos separaron.

Por primera vez desde hace dos meses, lloré. Volví a llorar. No sé por qué, pero ver a aquella pareja besándose en febrero en el lugar exacto en el que nosotros lo hacíamos en verano me rompió.

¿Sabes qué? Tal vez aún no me haya deshecho del todo del pellizco, tal vez aún no haya dejado atrás el infierno, pero cada vez estoy más cerca de la calma y del paraíso.

Seguiré corriendo;

sé que algún día llegaré.


Escrito por

Julia. Canarias, 24 febreros. Graduada en Estudios Francófonos Aplicados. Soy una mortal más que intenta descifrarse a través de las palabras y que escribe para saber lo que siente.

4 comentarios sobre “El pellizco

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