Sobre trenes que se escapan en sueños

Llevo unas cuantas noches teniendo el mismo sueño. Un sueño sobre trenes. A veces es un tren. Otras, un tranvía o un metro. El caso es que en el sueño siempre lo pierdo y jamás llego a entender cómo es posible. Invariablemente lo planeo todo con antelación: la ruta exacta que deseo seguir, la parada en la que quiero bajarme, el tiempo que voy a necesitar para llegar hasta la estación de trenes o hasta la parada de tranvía. La historia tiene pequeñas variaciones: a veces me acompaña alguien de mi familia, otras veces es mi novio, en ocasiones alguno de mis amigos. La ciudad también cambia algunas noches, pero normalmente, mientras mi cuerpo está quieto y vencido sobre el colchón, mi mente desinquieta aprovecha para hacer unos cuantos viajes por otros puntos cardinales del mapa, normalmente ciudades en las que me he quedado el tiempo suficiente para que ya estén impresas en mi biografía.

Me veo así callejeando por Grenoble, por Madrid o tal vez por La Laguna. Me veo dando pasos por unas calles aprendidas de memoria hasta llegar a mi destino. Veo los raíles aún vacíos y sé que el tren o el tranvía llegará en breve, así que me dispongo a comprar el billete. Et voilà, mes amis. Ese preciso momento en el que tomo la decisión de comprar el billete es siempre el nudo de esa narración maldita que me persigue cada madrugada cuando mi mirada se apaga tras el cierre de telón de mis párpados. Comienza la función, mi mente grita «¡Acción!» y escucho tras la piel de mi frente el sonido de la claqueta. Una vez que se silencia mi ruido mental y se hace la oscuridad, mi cerebro aprovecha para poner esa cinta de la película donde me veo proyectada. Sin embargo, aunque a veces sea consciente de que ese escenario no es real, todavía no he conseguido cambiar el desenlace inalterable del sueño. Me desgañito gritándole a esa actriz que viste como yo, que se parece a mí y que tiene mi cuerpo qué debería hacer. Le chillo para que reaccione. Le digo que se suba ya al tren, que compre rápido el billete, que entre de un salto al vagón y no mire atrás. Pero esa actriz debe ser mi doble, o quizás no tengo ningún poder de persuasión como directora… El personaje en el que me veo identificada hace oídos sordos y yo vuelvo a revivir el mismo sueño.

Un sueño en el que, en el momento de subir al vagón, siempre pasa algo que me lo impide. Unas veces, lo que ocurre es que me he dejado la cartera en casa y no tengo dinero para comprar el billete. Otras, miro a mi alrededor y la persona que iba a hacer el viaje conmigo ha desaparecido. Algunas madrugadas el motivo de mi fracaso es que me he equivocado de línea de metro y otras, en cambio, estoy en el lugar correcto, pero el metro pasa a velocidad supersónica y no para. También sucede que estoy en el andén correcto, pero en dirección contraria a la que quiero ir. O que me subo al tren y, cuando entran los revisores, descubro que he perdido el billete o que me subí sin pagar. Y me arrojan de nuevo a la inmovilidad del suelo firme.

Mi cerebro es bastante creativo en los motivos por los que me impide descubrir mundos lejanos, el caso es que son ya unas cuantas noches en las que se me escapa el jodido tren. Y, sin embargo, al quedarme en el mundo cercano y conocido tras el frustrado viaje, también sucede siempre algo. Un día, tras alzar la apenada vista, había un anciano esperándome en la parada que me dijo que hice bien en no coger ese tren y pasó luego a recomendarme mejores rumbos. Otro, regresé sobre mis pasos para buscar a la amiga desaparecida y la encontré no solo a ella, sino a otros viejos amigos a los que hacía años que no veía. Recuerdo una ocasión en la que me vi a mí misma completamente sola y vencida, con el corazón hecho un amasijo de daño y decepción tras haber visto a mi felicidad marcharse sin mí en el vagón con las mejores vistas. Era de noche cerrada y no había nadie en la calle. Tuve frío y miedo. Y entonces, justo cuando me armé de valor para regresar a casa, me topé de frente con una persona que se había marchado de mi vida hace muchos años. Nos sonreímos, nos abrazamos. Los ojos se me llenaron de lágrimas. Pero, al abrir los ojos por la mañana, ya no estaba. En la vida real esos brazos ya no me volverían a estrechar, en mi existencia tangible no podía inventarme un sendero por el que hacerle regresar. Qué paradójico: el mundo de los sueños era el único lugar en el que podríamos volver a soñar juntos y despiertos.

Cada vez que ese cuento vuelve a albergarse en mi cabeza por las noches, intento pensar en él al despertarme. Para tratar de comprenderlo. Para buscarle algún sentido. Para descifrar los caminos laberínticos por los que se empeña en llevarme de la mano el subconsciente.

Tampoco pretendo fliparme. No quiero ir de entendidita, sé bien que no soy Freud ni Jung. No obstante, ¿qué sentido tiene?

Dándole vueltas, estudiando el sueño bajo mi mirada poética, he descubierto que tiene bellas metáforas. Quizá el viaje fracasado es una manera de decirme que la vida tiene sus propios planes, que es mejor que fluya a que trate de planificarlo todo con antelación. Tal vez la metáfora sea que a veces equivocarse de camino o de dirección puede hacernos descubrir un sitio mejor. Que en ocasiones el camino equivocado nos conduce al lugar adecuado. Que dejarse llevar suena demasiado bien. Y que yo quiero ir hacia rutas salvajes.

Probablemente me empeñe en ser nómada y marcharme al otro polo del mundo sin darme cuenta de que lo más valioso está muy cerca de mí, al alcance de mi mano. Probablemente haya trenes que es mejor dejar pasar y otros que, pensando que no eran el nuestro, pueden desembocar en playas felices. Seguramente la enseñanza de ese anciano que me recomienda buenas rutas tras haber perdido el tren o el reencuentro con mis amigos valga cien veces más que el viaje que hubiese hecho. Ciertamente, sacrificaría todos los trenes del mundo por poder descubrir dónde está esa estación en la que podemos volver a abrazar esas pieles que ya se han marchado.

Así que, no sé, tal vez la próxima vez que ese sueño me visite me quedaré. Me olvidaré de trenes, de tranvías y de metros.

Me dejaré llevar, a ver qué pasa.

 


Julia Viciana

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Escrito por

Julia. Canarias, 23 febreros. Graduada en Estudios Francófonos Aplicados. Soy una mortal más que intenta descifrarse a través de las palabras y que escribe para saber lo que siente.

2 comentarios sobre “Sobre trenes que se escapan en sueños

  1. Pues sí, este año todos hemos aprendido que, aunque nos empeñemos en planificarlo todo, la vida tiene sus propios planes. Ya lo dijo Lennon: «La vida es eso que te sucede mientras estás ocupado haciendo otros planes». Por eso estoy completamente de acuerdo contigo, a veces lo mejor es dejarse llevar… Muchísimas gracias por estar siempre por aquí y por dejarme palabras tan bonitas, es un placer. ¡Otro abrazo enorme para ti! 🤗🖤

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