«If you can’t go outside, go inside»

¡Buenas! ¿Cómo están? Espero que hayan podido coger un poco de aire y que les vaya bien la vida en esta “nueva normalidad”. Este texto lo escribí hace unos días, cuando aún estábamos confinados. Espero que les guste… Un abrazo virtual. ♥♥

Ahora que no podemos salir, ¿por qué no tratar de abrirnos paso hacia adentro? Adentro de la piel, hacia el interior de las entrañas, hasta el núcleo de nuestro ser, hasta tocar el epicentro del dolor. Puede que, de esta manera, adentrándonos rumbo a kilómetros y kilómetros subcutáneos, lleguemos a la esencia. Puede que, buceando a pulmón en la oscuridad del alma, lleguemos hasta el fondo. Y ya sabes lo que dicen: lo bueno de tocar fondo es que después solo te queda subir.

La mayoría de la gente se pasa la vida andando mansamente entre el rebaño, como una oveja blanca bien adiestrada, pastando apaciblemente la hierba que les dan sus amos. Luego señalan con dedo acusador a la oveja negra que se aleja del rebaño, al baifo descarriado que ha decidido andar por un camino de cabras o al lobo que se atreve a morder la mano de quien le da de comer. Y es que nos pasamos la vida avanzando por inercia, bajando por la cuesta de la vida por el mero efecto de la gravedad, sin plantearnos hacia dónde nos lleva esa pendiente. Hay quienes trabajan para ganar dinero, con ese dinero pagan hipotecas o compran cosas, sacrifican demasiado tiempo y energía para tener quince días de libertad en agosto.

Y ahora, cuando todo para y tenemos que quedarnos en casa, la mente se queda en silencio y aparecen las preguntas con su ruido. Entonces, en lugar de tratar de enfrentarnos a esas preguntas, tratamos de apagar el ruido con más ruido: viendo la tele, anestesiándonos con series, escuchando canciones, viendo vídeos en YouTube…

Sin embargo, llega un punto en el que el ruido es tan estridente que ya no puede ser ignorado. O te ocupas de él, o te vuelve loco. Las preguntas llegan una tras otra como gigantescas olas, llevándote hacia el fondo. ¿Quién soy yo en realidad? ¿Quién quiero ser? ¿Qué necesito para ser feliz? ¿Qué sentido tiene este correr desbocado si no sé qué meta quiero alcanzar?

Nos da miedo la soledad, el silencio y el aburrimiento porque son un trío asesino que comienza a acribillarnos a preguntas hasta que no nos queda más remedio que defendernos de las balas. Y la única manera de que no nos maten las preguntas es hallar respuestas.

Descubrimos que hemos respondido siempre a la pregunta de quiénes somos diciendo a qué nos dedicamos, qué hacemos para ganar dinero. Pero es que somos mucho más que eso; somos mucho más que lo que hacemos para ganarnos la vida.

Tampoco somos lo que fuimos. Eso ya no nos define. No somos los errores del pasado, ni el daño que nos han hecho, ni los pasos que no nos atrevimos a dar, ni las futuras versiones de nosotros mismos que no nos atrevimos a ser.

Somos nuestro hogar. Esta piel que habitamos es la única casa en la que tenemos la certeza de pasar toda nuestra existencia. Somos el verdadero amor de nuestra vida, la única persona con la que vamos a estar para siempre, hasta que la muerte nos separe. Entonces, ¿por qué en lugar de querernos, a veces nos tratamos como si fuésemos nuestro peor enemigo?

Estos días de confinamiento han sido momentos de cuidarnos: hacemos recetas nuevas, nos ponemos mascarillas, leemos más, hablamos más con nuestros seres queridos, descubrimos nueva música, nos relajamos, hacemos deporte… ¿Por qué carajo tiene que llegar un maldito virus para que nos pongamos a hacer esas cosas? ¿Por qué no hemos hecho aún de nosotros mismos la mayor prioridad?

También hay quienes están solos, quienes no tienen una piel que abrazar durante el confinamiento. Y joder, cuánto miedo da la soledad… Nos da miedo la soledad porque la sociedad nos ha inyectado en vena desde que nacemos la idea de que estar solos es malo. Solamente hay que fijarse en los mitos del amor romántico o en los cuentos de Disney. Nos han dicho que debemos buscar a nuestra media naranja, que amor y deseo se encuentran en la misma persona, que el amor todo lo puede, que hay que esperar a un príncipe azul que nos rescate, que debemos casarnos. Nos han asegurado que el amor dura para siempre, que debemos casarnos y serle fiel a una persona en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza y amarla y respetarla todos los días de nuestras vidas. Y de repente te quedas solo o sola y te emparanoias. Y es normal. Es normal porque nadie te dijo que tu despertar no depende de ningún príncipe que venga a besarte sin consentimiento, que no eres Ariel para estar salvando del naufragio a un hombre, que tienes derecho a ser guapa como Blancanieves y a mandar a la mierda a quien te diga que debes ser la criada de siete hombres, que no debes ir por la vida con zapatos de cristal ni coserle las alas a ningún Peter Pan que no sabe volar solo.

Basta ya de cuentos, las princesas del siglo XXI no necesitan ninguna salvación ni validación externa.

Junto a esta soledad llega a menudo el miedo. El puto miedo. Miedo a nosotros mismos, a conocer las partes más oscuras y afiladas. Miedo a adentrarnos en la herida. Pero, si no nos hacemos cargo de nuestra propia herida, ¿cómo podemos aspirar a curarla? Tenemos que admitir que las cicatrices también forman parte de la piel, no podemos pretender eliminarlas.

Cuando por fin nos amemos, cuando logremos aceptar la herida fundamental, seremos muchos más felices. El primer paso para recibir amor es tener amor propio. Ser vulnerables y atrevernos a serlo. Mostrarnos a los demás, pues, ¿cómo vamos a ser queridos si no podemos ser vistos?

Yo estoy en el camino, más cerca que ayer.

Así que atrevámonos. Aprovechemos este tiempo sin salir como una oportunidad para entrar, para escarbar bajo la piel.

Si no podemos ir afuera, vayamos hacia adentro.

 


Julia Viciana

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Escrito por

Julia. Canarias, 23 febreros. Graduada en Estudios Francófonos Aplicados. Soy una mortal más que intenta descifrarse a través de las palabras y que escribe para saber lo que siente.

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