El niño descalzo, de Juan Cruz Ruiz

«Uno se pasa la vida dándole vueltas a la misma isla que somos».

– Juan Cruz Ruiz

 

Juan Cruz Ruiz, nacido en el Puerto de la Cruz (Tenerife) en 1948, es escritor y periodista. Licenciado en Periodismo e Historia por la Universidad de La Laguna, fue uno de los fundadores del diario El País, donde empezó a trabajar como corresponsal en Londres y en el que trabaja desde 1976. Ha escrito poesía, novela, cuentos y ensayos. También destacan sus reportajes y entrevistas. Ha ganado asimismo varios premios, como el Premio Canarias de Literatura en el año 2000. La verdad es que esta obra que quiero compartir con ustedes hoy, El niño descalzo (2015), es la primera suya que leo. No obstante, me ha dejado tan buen sabor de boca que me quedo con ganas de leer otras.

«El niño descalzo cuenta tres infancias: la del nieto, marcada por la alegría de vivir y el asombro infinito ante la realidad; la de Eva, la hija, y la del abuelo, el autor, prolongada por la huella que los recuerdos fueron dejando en él con el paso de los años».

Este libro es una larga carta a su nieto, Oliver, en la que va contando cómo ve crecer a su nieto hasta la edad de cuatro años, donde el relato acaba y te deja un regusto dulce tras el punto final de los finales. Es un libro emotivo, conmovedor, que, aunque esté escrito en prosa, resulta muy poético. Un libro que te agarra de la mano y te lleva unos cuantos años atrás, hasta tu infancia. Porque, tal y como escribe el propio autor, su objetivo al escribir es llegar a entender su infancia. Creo que eso es algo a lo que todos aspiramos cuando juntamos palabras: llegar a entenderla, quedarnos tan solo unos minutos más en esa época despreocupada en la que caminábamos descalzos y desnudos por la vida. El autor, que es canario como yo, escribe sobre infancias que, aunque yo no haya vivido, me resultan familiares porque el escenario es el mismo, nuestra isla. Escribe sobre las crueles batallas de trompos en el Puerto de la Cruz, sobre los barrancos, sobre la playa de El Médano, sobre el olor a petróleo de Santa Cruz terrible para sus bronquios asmáticos y sobre el clima frío de La Laguna. Escribe también sobre Londres, Bath, Exeter. Sobre la infancia de su hija Eva en Inglaterra.

Describe cómo su nieto va descubriendo el mundo por primera vez, cómo todo es nuevo ante sus ojos y cómo va haciéndose preguntas. Y es que al fin y al cabo la infancia es eso, hacerse preguntas. No comprendo el motivo por el que, cuando nos hacemos adultos, dejamos ya de hacérnoslas. Perdemos la curiosidad, lo damos todo por sentado. Es por ello que este libro ha sido también una especie de grito que ha despertado a esa niña descalza que yo también llevo dentro, que todos llevamos dentro, aunque a veces se nos olvide. Juan Cruz te pone delante esos días felices, los mismos que recordó Antonio Machado poco antes de su muerte: «Los días azules, el sol de la infancia».

Sin embargo, llega un momento en el que la infancia y la juventud ya no son las tuyas, son la infancia y la juventud de otros, que ves a través de otras personas a las que quieres. De eso habla también en el libro: de ese tiempo de la vida en la que ya tienes más tiempo por detrás que por delante. De cuando unos están viviendo experiencias que se convertirán en recuerdos y a otros solo les queda pensar con nostalgia en esos recuerdos. Llega un momento en el que ya no fabricarás más recuerdos, pero siempre es mágico ese momento en el que la vida que nace y la que ya está acabando pueden ser compartidas.

En definitiva, es una hermosa narración repleta al mismo tiempo de belleza y de nostalgia. Trescientas páginas para paladear lentamente, una historia que sin duda disfrutarás si te animas a leerla y que «avanza y retrocede con el ritmo tranquilo de las olas de un mar en calma».

Para terminar, quisiera compartir los fragmentos del libro que más me han emocionado:

  1. «No espero tu respuesta; seguro que cuando tengas la edad de ofrecerla, las preguntas que te hagas tú mismo ya serán otras, marcadas para tener respuestas diferentes, o para no tenerlas, para ser, para ser parte del viento y de la arena, y del olor de las plataneras y de las acacias, o de los acebuches muertos que resucitan, para ser parte del mar, para ser parte de lo que fui o de lo que ya entonces seré, para ser parte de lo que tú mismo seas entonces».

  2. «Por eso te miro ahora, como si crecer tuviera un sonido y de ti brotara esa música que yo oigo en silencio».

  3. «Escribir es mirar, si te fijas bien. Y recordar es tocar con los dedos el aire de la respiración que prefieres».

  4. «El día en que dejó de reír la casa se quedó sorda como un barco hundido».

  5. «Escribir es atreverse a recordar la raíz del silencio. Aquí lo intento, lo voy a intentar para ti».

  6. «Ellas creen que no me fui nunca, y en eso quizá tienen razón: uno se pasa la vida dándole vueltas a la misma isla que somos, y nunca dejamos de dar esas vueltas».

  7. «El tiempo no existe, es una mano conduciéndote a través de un laberinto despojado de retratos, un lugar devastado por una ventolera en medio de la cual tú sientes que has sido feliz».

  8. «Éramos niños, aún no se había muerto nadie cerca y eso te daba la sensación inconsciente y placentera de la inmortalidad, están todos en casa, estamos todos, somos una fotografía en la que no falta nadie. No era la inmortalidad. Era la vida».

  9. «Aquella profesora me llevó a la necesidad de los libros. Me hizo sentir que vivíamos en esas páginas que abríamos en clase y en casa. Y aquélla era una sensación muy feliz, como la de sacar las manos fuera del coche, sentir el olor del mar, los primeros besos, masturbarte».

  10. «Puedo decir que en ese momento fue cuando pensé que la felicidad era atender al sonido del mar, seguir su ritmo, sentir cómo caían sobre su superficie los cuerpos desnudos, como aquellas tardes oscuras en que el mar era una mano en el muelle de mi pueblo».

  11. «Pero ya sabes que se acaba la noche, se está acabando, siempre se está acabando, como la lluvia o el sol, nada dura nada, por eso escribo, para hacer durar lo que no dura nada».

  12. «Corres como un loco, eso dices, y yo te veo correr; eres el viento, en cierto modo, un niño es la metáfora del viento, un niño se mueve para darnos aire».

  13. «Eva era como es, una muchacha que no se detenía ante nada, que creía que todo era posible, y que tenía una ilusión que no se decía con palabras sino con los ojos».

  14. «No hay respuesta, las fotos no ofrecen respuestas, son estatuas mudas en las que ya eres otro, al segundo de haber sido retratado ya eres otro, ése quién fue, ése fui yo pero ya no sé quién fui yo. Para eso escribo».

  15. «Escribir ordena tus ideas y tu alma y te ayuda a enfrentarte con las cosas diarias, y te hace más esencial, mejor en el sentido de más bueno».

  16. «La vida es así, cabronada y azar, lo que es armonía en un lugar del mundo en otro se cuenta como la hazaña negra de unos facinerosos que convierten en nada la vida de otros, y huyen. El periodismo lo cuenta, pero quién cuenta el dolor que queda después de que se apaguen las noticias».

  17. «La guerra, cualquier guerra, es un ataque a la infancia, pues con el hombre que huye o muere huye o muere el niño que fue».

  18. «Todo empezó aquí, por decirlo así, pero mi infancia, la que recuerdo, comenzó en aquel barranco y aún no ha terminado».

  19. «Siempre hay en el que se queda una sombra del que se va».

  20. «Ya eres un hombre, te dije en la playa. Y tú dijiste: “No, tan sólo soy un niño mayor”. Entonces te abracé como esta tarde, y como te abrazo en este libro en el que hemos compartido, querido niño descalzo, la suerte de haber empezado juntos la vida que tú das».

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Julia Viciana

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Escrito por

Julia. Canarias, 23 febreros. Graduada en Estudios Francófonos Aplicados. Soy una mortal más que intenta descifrarse a través de las palabras y que escribe para saber lo que siente.

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