La vida en tiempos de confinamiento

En algún lugar de alguna selva, alguien comentó: Qué raros son los civilizados. Todos tienen relojes y ninguno tiene tiempo. 
     – Eduardo Galeano

Parece mentira que haya tenido que llegar un maldito virus para hacernos frenar. Para hacernos ver que necesitamos aflojar el ritmo. Que estábamos haciéndole demasiado daño al planeta y también a nosotros mismos. Ha sido un jodido virus el que nos ha puesto la realidad de golpe y de frente delante de nosotros, a dos palmos, a una distancia en la que la aceleración que llevábamos era tan grande que, por mucho que pisásemos el freno, ha sido imposible no chocar contra ella.

Ya lo dijo Alejandra Martínez de Miguel: «El lado poético del coronavirus no existe». No hay poesía en ver cómo se lleva a miles de personas, cómo nos aísla de nuestros seres queridos y se convierte en un monstruo contra el que no tenemos apenas herramientas para luchar. Todo es nuevo. Todo. Incluso esta clase de miedo.

Desde que empezó la cuarentena, he tenido mucho tiempo para pensar. Sin estímulos externos, prisas ni presión. ¿Hace cuánto tiempo que no nos mirábamos a los ojos sin filtros ni escudos? Creo que ahí es donde nace el miedo; en el hecho de mirarnos viéndonos por primera vez. Y eso asusta. Asusta haber pasado veinte, treinta, sesenta años en este planeta y descubrir ahora que estamos muy lejos de conocernos. Suena a cliché, pero muchas veces conocemos mejor a otras personas que a nosotros mismos.

Si reflexionamos sobre nuestras vidas antes del confinamiento, nos daremos cuenta de que habíamos convertido nuestros días en una continua idealización del futuro: un futuro en el que, a base de sacrificar nuestro presente trabajando sin cesar, tendríamos una buena jubilación, quince días de libertad en agosto, un coche mejor, una casa grande con jardín y piscina… Parece que ese futuro idealizado justifica perder nuestro tiempo presente con tanto trabajo, con tanto estrés. Éramos como caballos galopando desbocadamente detrás de una zanahoria que jamás llegábamos a alcanzar. Y ahora, después de tanto correr, nos hemos quedado sin camino y hemos llegado al borde del acantilado. Ahora que todo se ha parado, también nos han obligado a parar. Y, cuando llegas al borde del precipicio y ya no puedes seguir corriendo sin plantearte hacia dónde vas, solamente te queda mirar hacia atrás, observar el camino que has andado y plantearte si ha servido para algo, si a partir de ahora quieres seguir avanzando en la misma dirección. Si la respuesta es no, hay que replantearse la vida.

Este parón nos obliga a pensar en lo que fuimos, lo que somos y lo que queremos ser a partir de ahora. Es como si nos pusieran delante un folio, un examen con tan solo dos preguntas a las que debemos responder para aprobar: «¿Quién eres?» y «¿Quién quieres ser?». Me doy cuenta de que muchos prefieren entregar el examen en blanco antes que enfrentarse a esas dos preguntas. Y antes podíamos hacerlo, podíamos rehuir las preguntas y las respuestas que llegarían con ellas. Por eso ocupábamos siempre nuestro tiempo en algo: trabajábamos, salíamos a tomar algo con los amigos, teníamos sexo casual, íbamos a conciertos, comprábamos cosas que no necesitábamos para impresionar a personas que ni siquiera nos importaban… Sin embargo, ahora que no podemos seguir haciendo todas esas actividades, no nos queda más remedio que enfrentarnos a ese examen e intentar responder a las preguntas lo mejor que podamos. Habrá quienes estén mejor preparados que otros y creo que, en esta prueba, los que ya hayan dedicado tiempo a conocerse y a estudiarse tendrán muchas más probabilidades de sacar nota.

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Ahora que por fin tenemos tiempo, nos da miedo tenerlo. Nos aterra estar a solas con nosotros mismos. Nos espanta el silencio y las interrogaciones que surgen cuando no estamos atrapados en una espiral de ruido externo e interno. Los expertos dicen que debemos ocupar nuestra mente, que debemos hacer ejercicio, no estar todo el día en pijama, escuchar música, aprovechar la situación para aprender cosas nuevas. Cocinar más, cuidarnos más, estudiar más, crear horarios, establecer rutinas. Y todo eso me parece maravilloso. No obstante, en estos días me he llegado a sentir abrumada: hay gente en directo a todas horas en las redes sociales haciendo mil cosas, clases de yoga o de cardio online, guías de entretenimiento, programas televisivos con actividades escolares para los niños… Parece que se nos obliga a ser productivos, a no desperdiciar ni un solo minuto de esta cuarentena. Parece que tenemos que estar distraídos continuamente para no pensar demasiado en la que nos viene encima. Parece que no podemos estar desanimados. Parece que da miedo aburrirse.

Joder, déjennos en paz. Quiero pasar un día sin hacer nada si lo necesito. Quiero llorar en silencio sin que nadie venga a intentar animarme. Hacer una maratón de mi serie favorita sin sentirme culpable por ello. Estar despeinada y en pijama. Sentir la nostalgia recorriendo cada poro de mi piel y no tratar de luchar contra ella.

No estoy diciendo que debamos deprimirnos y pasar los días llorando mientras miramos por la ventana. Lo que digo es que, ahora que por fin tenemos tiempo, debemos permitirnos disfrutarlo. Afrontar nuestro propio silencio. Conocernos. Concedernos tiempo.

¿Cuántas veces hemos dicho que no tenemos tiempo? «Me apuntaría al gimnasio, pero es que no tengo tiempo». «Me encantaría aprender inglés, pero no tengo tiempo». «Debería leer más, pero no tengo tiempo». «Tendría que cuidarme más, pero no tengo tiempo para eso». Pues ahora sí. Ahora sí tenemos tiempo, así que hagamos todo eso que antes no hacíamos.

Todo esto pasará. Así que, mientras pasa, aprovechemos para conocernos, para apreciar los pequeños momentos de la vida y para valorar a las personas que nos rodean. A veces, parar se convierte en la mejor manera de retomar el camino con más aliento y fuerzas. En una oportunidad para cambiar el rumbo.

 

Es tiempo de cambiar.

 


Julia Viciana

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Escrito por

Julia. Canarias, 23 febreros. Graduada en Estudios Francófonos Aplicados. Soy una mortal más que intenta descifrarse a través de las palabras y que escribe para saber lo que siente.

3 comentarios sobre “La vida en tiempos de confinamiento

  1. ¡Muchísimas gracias! De verdad, siempre me alegras los días con los comentarios que me dejas. Siempre es un placer tenerte por aquí… Espero que estés pasando bien la cuarentena y te deseo mucha salud a ti y a tus seres queridos.
    Un abrazo ♥♥

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