No valías tanto

«Al final lo que importa es no tener miedo: cerrar los ojos frente al precipicio y caer verticalmente en el vicio». – Mário Cesariny

Conocerte fue vertiginoso. Lanzarme a tu mundo interior fue exactamente igual que la primera vez que me tiré por una pista de esquí. Te observé con cierta distancia, como quien contempla las pendientes de nieve desde el telesilla, pero cuando quise darme cuenta ya estaba deslizándome pista abajo y no había vuelta atrás. Una vez que has decidido abandonarte al precipicio y arrojarte a los brazos de la gravedad, no tiene sentido anhelar regresar al instante en el que estabas en la cima.

Eras engañoso. Te descubrí un día tumbado a contraluz frente a la ventana, iluminado por el atardecer, y las curvas de tu cuerpo no me parecieron peligrosas. Clavé los ojos en tu silueta calculando el riesgo: pasé la mirada por el perfil afilado de tu mandíbula, la suave curva del mentón, la redondez inofensiva de tus hombros, el leve hueco de tu clavícula, el suelo plano y firme de tu vientre, la circunferencia perfecta de tus nalgas y la larga pista horizontal que une tus glúteos con el delta frío de tus pies. Me pareció que recorrerte así, entero de la cabeza a los pies, no sería demasiado complicado. Parecías una pista verde, sencilla, con apenas un diez o quince por ciento de inclinación. Una pista corta, confortable para la caída, donde poder aprender a frenar y a moverme con garbo por la vida.

Qué ingenua… Antes de que pudiese reducir la velocidad, esa pista verde se había convertido en una azul. Pero, de nuevo, no había vuelta atrás. Es más fácil dejarse caer que tratar de dar la vuelta y dejarse el aliento subiendo montaña arriba sin apenas oxígeno. La pendiente se hizo más pronunciada y yo, como en el poema «Pastelaria» de Mário Cesariny, no tuve más remedio que cerrar los ojos frente al precipicio y dejarme caer verticalmente al vicio. Porque, aunque bajar a esa velocidad asustase, lo cierto es que sentir el viento en la cara y la adrenalina en las venas era una sensación deliciosa. Ya lo dijo Vetusta Morla: dejarse llevar suena demasiado bien.

Fue solamente cuando te besé cuando fui consciente del peligro real. Mi vida, igual que tu boca, se había transformado en una pista roja. Ya no bastaba ser principiante, caer en la verticalidad de tu cuerpo requería ser una experta para no romperse cada hueso en tu cuarenta por ciento de inclinación, para no abrirme la cabeza contra los obstáculos que iba encontrando por el camino. Recorrer tu piel era un acto contradictorio: sabía que sería mucho más cómodo ver la pendiente desde abajo, no haberme enfrentado jamás al precipicio, pero la aceleración de nuestros cuerpos era tan adictiva que ya no me bastaban las pistas verdes ni las azules.

Supe que estaba perdida cuando, sin saber cómo, me vi bajando por una pista negra. Miré a mi alrededor y estaba completamente sola, nadie más se había atrevido a llegar hasta allí. Nuestro juego adictivo ya no era tan divertido porque, cuando esquías montaña abajo por una pendiente con una inclinación de más del cincuenta por ciento, lo que está en juego es tu vida. Quise parar, irme, pero no sabía cómo. La única manera de regresar al suelo seguro y llano del final de la pista era recorrerla entera hasta el final. Sin embargo, lo hice. No sé cómo. Con el corazón desbocado, sudando de frío y con algún hueso roto, convertido mi cuerpo entero en un temblor incontrolable, llegué al final de la pista. Miré hacia arriba, hacia la cima de la montaña, y no fui capaz de comprender en qué momento me llegó a parecer una buena idea arrojarme a ese infinito blanco letal. Sí, las vistas eran preciosas desde lo alto. Mirarte era como vislumbrar las casas diminutas a lo lejos desde la cima de Les Deux Alpes. Pero el peaje por haber llegado hasta allí era un precio que ya no estaba dispuesta a pagar.

Entonces supe que mi viaje había acabado ahí, que no volvería a dirigir mis pasos de nuevo hacia ti. Afortunadamente, no morí en el intento y pude retirarme a tiempo. Me di cuenta, mirándote una última vez más antes de marcharme, que después de todo el daño aún seguías guardando un doble fondo. Me fui de tu vida al alba y, cuando volví la mirada atrás antes del adiós, recordé la primera vez que te había visto así, iluminado a contraluz. Esta vez, sin embargo, pude calcular bien el peligro y me di cuenta de que, escondidas al lado de las costillas, guardabas unas cuantas pistas violetas.

Haberme atrevido a descubrirlas hubiese sido una muerte asegurada. Y lo siento, chaval, pero no valías tanto como para que me dejase la vida intentando hacerte un hueco en la mía.


Julia Viciana

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Escrito por

Julia. Canarias, 23 febreros. Graduada en Estudios Francófonos Aplicados. Soy una mortal más que intenta descifrarse a través de las palabras y que escribe para saber lo que siente.

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