Cuando pasa Halloween y descubres que los verdaderos monstruos los llevas dentro

Tengo miedo.

Me ha costado demasiado tiempo admitirlo porque admitir que tenemos miedo significa admitir que somos vulnerables. Sin embargo, me he dado cuenta de que los momentos más bellos de la vida han sido normalmente aquellos en los que nos hemos sentido vulnerables. Aquel día en el que sentiste esa vulnerabilidad latiendo en cada poro de tu piel y aún así te atreviste, lo hiciste: buscaste nerviosamente sus labios y, de ese modo, escribiste la primera palabra de una historia de amor digna de libro. Aquella tarde gris en la que lloraste a cara descubierta y a corazón desnudo delante de tus amigas porque los diques de tus ojos se rompieron de tanto acumular agua salada y nudos de garganta. O aquel amanecer en el que, movida por la valentía que da el ron en sangre, te atreviste a decirle a esa persona que la querías. Puede que haya sido aquella vez en la que decidiste derribar todas tus barreras y abrir paso a alguien hacia tus entrañas, a pesar de las malas experiencias del pasado. Da igual. El caso es que te atreviste, te sentiste vulnerable y aceptaste esa parte de ti como algo que te hace más humano. ¿Cuántas relaciones habrán muerto por el miedo sin haber siquiera comenzado? ¿Cuántas bocas ansiosas de bailar juntas se habrán conformado con un solo de ballet por culpa del maldito orgullo? ¿Cuántas vidas que podrían haber sido diferentes no lo han sido porque nunca tuvimos la valentía de dar el primer paso?

El otro día escuché en un documental de Netflix una frase que me retumbó por dentro: «¿Cómo puedes permitirte a ti mismo ser amado si no puedes ser visto?». Y es que a menudo mostramos solo las limosnas de nuestro verdadero ser, nos exponemos al mundo enseñando solamente un diez por ciento de todo lo que somos y aún así pretendemos ser amados. Pero, ¿cómo pueden amarnos si realmente no nos conocen?

Todo esto me llevó a pensar en todas las ocasiones en las que he dejado pasar oportunidades por culpa de la cobardía y en todas las veces que he intentado bloquear mi miedo, negarlo. Como si eso fuera posible.

Hoy vengo a gritar a los cuatro vientos que tengo mucho miedo. Vértigo. Pavor. Hoy acudo al papel como quien se abre en canal ante su terapeuta. Hoy he decidido notar el miedo palpitando bajo mi piel y aceptarlo. Abrazarlo como a un viejo amigo que nunca se va del todo. Tengo miedo de esta nueva etapa de mi vida. Y tengo ilusión al mismo tiempo, pero creo que ahora mismo la balanza se inclina más hacia el lado del miedo.

Me asusta.

Me asusta lo que está por llegar.

Me asusta haber terminado la carrera, haberme pasado cuatro años metiendo información en mi cabeza, vomitándola en exámenes y sentir que no he aprendido demasiado. Salir de la universidad con un título que escribir en mi currículum, pero sin saber realmente qué pondría si me hicieran escribir un currículum sobre mi vida. No un curriculum vitae, sino un currículum vital. Me inquieta la idea de haberme ido de allí con una nota media de casi nueve y sin embargo tener la sensación de que las calificaciones no sirven para nada, que la vida no es sobresaliente. Que, cuando sales al mundo real, tienes que hacer cosas reales. Y entonces dará igual si has sacado un nueve y medio o un cinco raspado, porque lo que determinará si eres una persona sobresaliente es tu capacidad de crear una influencia positiva en las personas y en el mundo.

Me asusta estar desperdiciando mi juventud haciéndome demasiadas preguntas sobre el futuro sin disfrutar del momento presente. Sin vivir en el carpe diem. Porque el tempus fugit y, aunque solo tenga veintidós años, no quiero mirar atrás un día y darme cuenta de que viví en el ayer o en el mañana, pero nunca en el ahora.

Me asusta no ser sincera conmigo misma. Ponerme excusas, ser al mismo tiempo la piedra y la caminante. No hablarme mirándome a los ojos del alma, sino observándome desde espejos que me devuelven una imagen difusa de mí misma.

Me asusta perseguir ideales que no existen. Paraísos, vidas perfectas, esquemas vitales a los que dicen que debemos adaptarnos porque un día una sociedad cuadriculada obligó a nuestras almas poliédricas a amoldarse a una sola forma geométrica, sin tener en cuenta que nuestros vértices son distintos. Que no todos tenemos el mismo perímetro. Que nuestra superficie cambia. Tal vez tu eres un rectángulo y necesitas doscientos metros cuadrados para llenarlos con una casa grande, boda, hijos, coche, hipoteca, seguros, televisiones de pantalla plana, piscinas de borde infinito… Pero quizá haya triángulos que vivan en tan solo nueve metros cuadrados porque todo lo que necesitan cabe en una mochila y prefieren llenarlos con viajes, relaciones, experiencias que no impliquen que tengan que hipotecar su felicidad. Y esta bien que así sea. Está bien que tengamos distintas geometrías porque la vida sería brutalmente aburrida si somos y pensamos de la misma forma.

Me asusta la velocidad. El tiempo que no deja de correr. No ser capaz de seguirle el ritmo, quedarme sin aliento.

Me asusta el mundo adulto.

Las vidas sin color, las personas grises de maletín que llevan bien atado el nudo de la corbata y, a fuerza de tanto apretarlo, han acabado ahogando sus sueños. Esos que corren por la vida al estrés pegados como si persiguieran algo, cuando en realidad necesitan parar para darse cuenta de que lo importante lo han dejado atrás.

Me asusta vivir mi vida bajo la dictadura de los papeles, del alquiler, de las facturas, de los horarios y de las fechas límite.

Me asusta buscar a la niña que fui y no encontrarla, hurgar bien adentro en mi piel y darme cuenta de que se me han ido la inocencia, la curiosidad y el brillo infantil en los ojos.

Me asusta convertirme en el daño que me hicieron, no ser capaz de perdonar.

Perder la capacidad de emocionarme cuando escucho a Ludovico Einaudi o a Damien Rice frente a la inmensidad de las olas, cuando leo poemas que me conmueven hasta el tuétano o cuando voy a conciertos.

Me asusta no poder arrebatarle a sobrevivir el prefijo.

Y puede que haya quien piense que esto tan solo son estúpidas preocupaciones de una veinteañera con síndrome de Peter Pan. Problemas del primer mundo. Boberías. Miedo a asumir responsabilidades. Que estoy atravesando una crisis existencial.

Puede que así sea.

Sinceramente, me da igual.

Yo he venido a este folio a ser vulnerable, a entender lo que siento. He venido a contarme a mí misma las cosas que me dan miedo.

Y la verdad, después de haber puesto a mis monstruos en fila india y abrazarlos, ya no me intimidan tanto.

 


Julia Viciana

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Escrito por

Julia. Canarias, 22 febreros. Graduada en Estudios Francófonos Aplicados. Soy una mortal más que intenta descifrarse a través de las palabras y que escribe para saber lo que siente.

2 comentarios sobre “Cuando pasa Halloween y descubres que los verdaderos monstruos los llevas dentro

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