Vértigo

Lo dijo como quien no quiere la cosa una mañana de marzo, en un lugar de Grenoble de cuyo nombre no puedo olvidarme. Lo hizo de manera inocente, como quien dispara al aire por diversión sin darse cuenta de que la bala que disparó acabó atravesando repentinamente la piel de otra persona en el impacto. Subíamos en teleférico a lo alto de la montaña y, cuando vio aquellos niños deslizándose ágilmente sobre la nieve, pronunció las palabras: «Nuestros hijos también van a esquiar así de bien». Fueron solo unos segundos y seguimos hablando de asuntos intrascendentales como el frío que hacía, la pista que íbamos a elegir cuando llegásemos arriba o lo hermoso que era el paisaje blanco y limpio. Fueron solo unos segundos, pero el eco de esas palabras me acompañó todo el día.

En el tiempo que duró el trayecto hasta la cima, yo ya me había imaginado una vida con él. Intentaba adivinar qué matiz de oscuridad daría como resultado la mezcla de su mirada marrón oscura casi negra, como de cacao puro 100%, con la mía de cacao 70% mínimo en los ojos de nuestros hijos. Lo hermosa que sería la tonalidad de piel y el pelo ensortijado de esos chiquillos traviesos que correrían por nuestro salón en un soleado domingo de agosto. Y cuántos tendríamos. Me vi teniendo tres perros con él, viviendo en una casa minimalista al borde del mar y salir a llenar nuestros pulmones de sal marina cada mañana. Me sorprendí a mí misma observando con claridad en mi cabeza los países a los que viajaríamos, visitando África, América, Europa, Asía, Oceanía y hasta la Antártida. No quedaría continente en el que no hubiésemos puesto los pies ni país del mundo que no hubiese conocido nuestro amor. Pude vernos nítidamente paseando tranquilamente por el mercado los fines de semana, discutiendo como ahora para decidir qué película poníamos en Netflix. Seguir bailando hasta que los huesos nos lo permitieran, seguir engrosando cada día nuestro caudal de besos. Y ver atardecer desde una isla cuando ya seamos mayores, unos ancianitos adorables que recordarían nostálgicos ese día en el que fuimos a esquiar cuando yo tenía veintidós años y el casi veintisiete.

Entonces llegamos a la cima y una bofetada de aire gélido me devolvió al presente. Tuve que pararme un rato, pues el viaje al futuro me había dejado aturdida. Nunca sabré qué me dio más vertigo aquella mañana, si la nieve vertical que se extendía bajo nuestros pies o las infinitas vidas posibles que se desplegaban al alcance de nuestras manos.

 


Julia Viciana

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Escrito por

Julia. Canarias, 22 febreros. Graduada en Estudios Francófonos Aplicados. Soy una mortal más que intenta descifrarse a través de las palabras y que escribe para saber lo que siente.

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