La libertad como patria

Yo acababa de regresar a esa pequeña ciudad perdida entre los Alpes en la que pasé mi año Erasmus, sin duda uno de los mejores de mi vida. Llamé a mi amigo y esa noche fuimos a tomar unas cervezas al bar de siempre. Entre trago y trago, le dije que me sentía muy bien allí, que, para mí, ese pequeño punto cardinal del mapa representa mi segundo hogar. Entonces, él me respondió que la patria, para él, era la libertad: «No pienses que pertenezco al lugar en el que nací, ni al país que aparece escrito en mi pasaporte, ni a las ciudades y los pueblos en los que he vivido. No, mi patria es la libertad».

La libertad como patria. Lo cierto es que es una perspectiva que nunca me había planteado. Cuando naces en un país europeo, la libertad es algo que das por sentado. Por el simple hecho de que tu madre te haya parido unos kilómetros más arriba o más abajo, más al este o al oeste, ya cuentas al salir del vientre materno con un pack de bienvenida a la vida que otras personas no tienen: libertad, igualdad de derechos, más oportunidades, menos barbarie, un puñado de privilegios y miles de kilómetros cuadrados que jamás han sufrido la mordida de la guerra. Es así. Aunque haya gente que no quiera aceptarlo porque hacerlo implica asumir que, si la vida es una carrera y la libertad un lejano punto en el horizonte, a ellos el azar les ha colocado a unos pocos metros de distancia mientras que otros han de quedarse sin aliento para poder alcanzarla. Y, aun así, puede que no lleguen a hacerlo. Yo soy una privilegiada; lo asumo. No hay mayor privilegio que el de poder dar por hecho la libertad.

Y sé que me dirán que la libertad absoluta no existe, que es una utopía. Sí, lo sé. Sé que nuestros pensamientos están siempre influenciados por nuestro entorno, que lo que decimos no depende al cien por cien de nosotros, que no podemos ser salvajemente libres ni llevar nuestra libertad más allá de ese punto en el que empieza a chocar con la del otro. Pero es que yo no estoy hablando de ese tipo de libertad.

Mi amigo nació en un pequeño pueblo de Sudán. Desde pequeño, vio morir a amigos y familiares ante sus ojos rebosantes de sal e impotencia. Desde pequeño, la guerra le arrancó la infancia de las manos. Luego, algo mayor, trabajó en Arabia Saudí para un hombre muy rico en dinero y muy pobre en valores. Cuenta que fue en ese momento cuando más preso se sintió, pues observaba cada día comportarse a ese hombre de manera repugnante y él no podía hacer nada al respecto. Lo veía tratar mal a cada una de sus múltiples mujeres, meterse en asuntos turbios, ir a rezar y mantener una imagen de buen ciudadano de puertas para afuera mientras de puertas para adentro insultaba a sus empleados y menospreciaba a quienes consideraba inferiores … Se enfrentaba a diario a ese tipo de prácticas y no podía hacer nada, ni expresar su desacuerdo con todo aquello. Al fin y al cabo, ¿qué iba a hacer? ¿Denunciar su comportamiento? Probablemente, pronto habría desaparecido del mapa de un balazo, sin ninguna consecuencia para su jefe. Por lo tanto, en esa época mi amigo perdió la libertad más imprescindible de todas: la libertad de expresión. Cuenta que el hecho de no poder expresar en palabras lo que habitaba su mente fue una forma de comenzar a morir lentamente, así que en cuanto pudo se largó del país.

Afortunadamente, mi amigo ahora es libre. Afortunadamente, puedo hablar con el y mirar cómo brillan sus ojos cuando habla de lo que quiere y como quiere sin que nadie se lo prohíba. Afortunadamente, en Francia ha encontrado esa libertad y esa patria que necesitaba. Nadie le impone en qué religión debe creer, ni qué cosas puede decir, ni qué actos son pecado o no, ni qué debe hacer en su vida para adecuarse a los parámetros que todo el mundo acepta pero que nadie cuestiona.

Sin embargo, por desgracia, hay muchos países en los que esa libertad aún está muy lejos. En esos países, a los ciudadanos se les niega el derecho a ser «dueños de su destino y capitanes de su alma», como recuerdan esos versos del poema que Mandela guardaba escrito en una hoja de papel durante su prisión.

Debemos siempre recordar que, para algunas personas, la libertad no es algo con lo que se nace sino un derecho que les ha costado sangre, sudor y lágrimas obtener. Literalmente.


Miss Poessía

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Escrito por

Julia. Canarias, 22 febreros. Graduada en Estudios Francófonos Aplicados. Soy una mortal más que intenta descifrarse a través de las palabras y que escribe para saber lo que siente.

7 comentarios sobre “La libertad como patria

  1. ¡Muchas gracias, de verdad! Me alegra que te inspire, es un placer saber que las letras llegan de esa manera, aunque todo el mérito es de mi amigo y de su historia. A mí también me inspira mucho hablar con él.
    ¡Un abrazo! ❤🌷

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  2. Hola Julia! me encanta como escribes, te expresas muy bien esta historia me parece muy conmovedora e impresionante, te quiero contar que a mi también me gusta escribir ademas, me gusta mucho el tema del marketing digital y el desarrollo de contenido digital, estoy comenzando a plasmar todo esto en mi blog, espero puedas visitarlo y contarme que te parece un abrazo desde Colombia y muchas felicidades por ese don que tienes para escribir cosas tan lindas.

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  3. Hola Sofy! Muchísimas gracias por este comentario, levantarse y leer esto me ha llenado de energía y de buenas vibras, así que te lo agradezco de corazón. Te deseo mucha suerte en este nuevo camino con tu blog, los comienzos a veces son un poco complicados, pero estoy segura de que te va a ir muy bien. Me alegra mucho saber que me lees desde Colombia, te mando un abrazo fuerte desde España. Ahora estoy en la universidad, pero desde que pueda pasaré por tu blog a echarle un vistazo. Seguro que no me decepciona.
    Feliz día!! 🖤🌷

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  4. ¡Muchísimas gracias! La verdad es que la libertad es relativa, para cada persona significa algo diferente. Te agradezco de corazón tus palabras, me llenan de ánimo. Me alegra que hayas disfrutado de la lectura, ese es uno de mis objetivos y siempre anima saberlo.
    Un abrazo ❤ 🌷

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